viernes, mayo 04, 2007
lanzado al mundo a las 11:58 a. m.

primera parte




Era tarde y la noche, densa y oscura, se comprimía bajo gotas de lluvia demasiado gruesas que precipitaban violentamente, como pequeños luchadores de sumo en plan suicida contra la ciudad.

En el tercer hotel mas caro de la capital, un salón palpitaba con basura corporativa. En el cientos de asistentes se reunían en una comunión comercial circunstancial y abiertamente cínica. Portavoces del biosoftware, artesanos genéticos, brokers de electroplantaciones. Todos al fin y al cabo enemigos peligrosamente armados con marketing.

Cristóbal no prestaba atención pues era un profesional. Entendía que mas alla de los rituales tribales, nadie se tomaba el espectáculo en serio. Pura charlatanería vendedora de revoluciones, como todas, fallidas. La exhibición, y toda su fauna, no era otra cosa que un televisor con dos mil canales: todos sintonizando estática. Aburrido y algo aturdido, buscó la salida.

Una vez afuera, se acomodo la corbata e intento ordenar su cabello. Tiró, a penas pudo, dos bolsas llenas de memorabilia panfletaria.

El ascensor llegó sin siquiera llamarlo, y dentro -con el abrir de sus puertas metálicas y bruñidas- descubrió un resplandor azulado muy frío y sensual, contenido en la forma de una serpiente tatuada. La imagen de inspiración nahuatl descansaba en la espalda morena de una chica alada.

‐ Hola. ¿Tienes fuego? - dijo ella.

‐ No, sorry. No fumo.

‐ Super. Yo tampoco. ¿A donde vas?

‐ A mi departamento.

‐ ¿Compartamos el taxi? Voy al mismo lugar.

Segundos mas tarde caminaron a través de la brisa sonora de un eletrotango en vivo, que desde el bar, acariciaba el lobby del hotel. Subieron a un taxi y recorrieron laberintos metropolitanos salpicados por enormes plasmas y perros vagos. El conductor hizo algunos comentarios imprudentes sobre las alas de la chica y trató de clasificar a las mujeres -y su decencia- por el color y tipo de ese nuevo accesorio bionico impuesto por la moda. Cristóbal, a cuadras de llegar, notó que la chica no llevaba ropa interior; acto seguido, agradeció a Dios.

Abajo del cuatro-ruedas y frente al portal de mármol y ratan, una torre cubierta de enredaderas abría sus puertas automáticas. Justo cuando la pareja de desconocidos entraba, algo se quebró en el cielo y comenzó a llover aun mas fuerte. La chica se mantuvo silenciosa y solo emitió un suspiro de alivio frente al departamento de Cristóbal, justo antes de entrar.

Al fondo del primer piso, enfrentado a la puerta roja de la entrada, pasando unos mandalas de luminosidad alógena y debajo de tres telares mapuches, había un pequeño edén ciclotronico perfumado con sándalo. La chica, a pesar de la tormenta, podía oír el respirar suave y ligero del pequeño jardín de computadoras. Cada una de ellas descansaba sobre un bastidor de madera, con sus raíces electrónicas colgando - suspendidas y lamiendo un liquido espeso, proteico, conductivo.

‐ ¿Son hidroponicas? - pregunto la chica mientras se paseaba coqueta por la terraza.

‐ Si, prefiero las computadoras limpias, sin sustrato fijo. - respondió Cristóbal - Con la tierra podría tentarse mi gato - dijo mientras acariciaba con sus dedos las maquinas floridas.

El huerto parecía nacido desde la manzana final y profética de Turing. Las espinas eran diodos luminosos, las hojas delgadas capas de silicio con nervaduras doradas. En algunas -las mas bellas, las cuánticas- florecían hermosos nanocircuitos nacarados.

‐ Los gatos me recuerdan a Max. El los odia - susurró ella con amargura. Cristóbal no la escuchó.

Luego de un par de segundos incomodos -con silencio y miradas furtivas- la chica fue a la cocina por un café. Quería una gran tazón de grano egipcio - negro y muy frío. Sus ojos ligeramente altiplanicos lucían sensuales, melancólicos, y pertenecían a una princesa india testigo de alguna antigua masacre. Cristóbal inmóvil observo su triste y hermosa figura, y excitado por sus pechos perfectos, paso de la ternura a la obscenidad del deseo. Los tatuajes tornasoles que recorrían su espalda semidesnuda, lo tenían salivando. Entonces alguien golpeo la puerta con violencia servotaurina.

‐ ¡Es Max! - dijo ella, súbitamente desesperada.

‐ ¿Quien es Max? - pregunto Cristóbal dirigiendose a la puerta.

‐ ¡No abras! - exclamo la chica. Desde sus ojos se escapaba un horror viejo, conocido y terrible.

‐ ¿Quien es Max? - volvió a preguntar Cristóbal mientras la puerta parecida ceder.

‐ Max ‐ respondió apenas a media voz - es mi dueño. Soy Una.

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/* 3 comentarios:


At vie. may. 04, 02:24:00 p. m., Blogger Marión

Perfecto, soy el primer post nuevo después del abismo. Y vuelves más grande. Eso está muy bien. Aprecio lo descarnado en la descripción psíquica de tus personajes. Nada de corrección política. Just the real thing ...
Saludos!

 
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At sáb. may. 05, 10:12:00 p. m., Blogger literatura

nene, pibe, mi diego,

sólo quiero decirte que me gustas, me gustas mucho. me sonrojas.

 
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At dom. may. 06, 09:38:00 p. m., Blogger flavin

me muero por un jardin de esos...
Cristobal me recuerda mucho a John Diffol hahaha
oye esta buenisima te felicito :)

 
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